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Barreras Sociales
Cuándo la mujer maltratada busca ayuda, generalmente recibe las siguientes respuestas:
Estas respuestas negativas responden a una serie de creencias y estereotipos sociales que surgen de los siguientes factores:
El modelo tradicional de la Familia:
De acuerdo a la organización genérica de la sociedad, la familia se formó en base al siguiente modelo: una especie de pirámide en donde el padre se ubica en su cumbre gozando del mayor número de derechos en relación con las personas que se encuentran por debajo de él: su mujer(es) e hijos. El jefe de la familia tenía la obligación de representar a la totalidad de sus miembros, quienes no tenían otra existencia más que a través de él. Los derechos le eran reconocidos sólo a él. La mujer pertenecía a sus padres, a su esposo o a Dios. En el cuadro marital, tenía que ser obediente a su esposo, tenía como único derecho el de someterse.
Aunque a partir de la década de 1970, este modelo, heredado del pasado, ha sido cuestionado fuertemente porque constituye una violación a los derechos de la mujer, sigue siendo dominante en la sociedad. Según Evangelina Dorola, “continúa vigente el modelo de familia nuclear-patriarcal, es decir, la familia constituida por padre, madre e hijos bajo la autoridad paterna” (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia y Programa Regional Capacitación de la mujer para el Desarrollo [UNICEF/PRCMD], 1992, p. 17).
De acuerdo con este modelo, el hombre es el “jefe del hogar” y la mujer, “su propiedad”; cada uno asume roles complementarios en donde el hombre es el único que toma decisiones y la mujer se ocupa de lo cotidiano. Entre más este modelo se empuja al extremo, existen más probabilidades de que la violencia aparezca. La pareja fundamentada en roles rígidos, desiguales, y en donde la comunicación no existe, prepara el terreno para el surgimiento y tolerancia de la violencia. Por este motivo, las mujeres, en general, están más propensas a convertirse en víctimas de violencia severa cuando toman la posición de esposas.
Las creencias sociales que se desligan de este modelo familiar: “el hombre tiene el derecho de gobernar con total libertad dentro de su familia” , “la mujer está sujeta al control y a la dirección de su esposo”, y “el hombre es quien toma las decisiones importantes en el hogar, la mujer se dedica a lo cotidiano”, constituyen barreras sociales para la mujer que busca estar libre de la violencia conyugal, ya que las personas consideran “normal” y “correcto” que el hombre sea la única autoridad en el hogar y que su mujer le obedezca, se someta a su voluntad y tolere la violencia.
La visión reconfortante de la familia:
La imagen que se tiene de la familia es la de un lugar de amor, de relaciones armoniosas y de seguridad. Reconocer que es un espacio en donde existen relaciones de poder y que éstos pueden vivirse con violencia, va en contra de la visión reconfortante que se tiene de la familia. Por este motivo, es mucho más difícil denunciar la violencia cuando ésta ocurre en el marco familiar.
El modelo romántico del Amor:

El modelo romántico del amor puede propiciar el surgimiento y la tolerancia a la violencia. Este modelo sugiere que el amor es más fuerte que todo, que el amor tolera todo y que lo perdona todo, que amar es ser capaz de dar sin esperar nada a cambio. Las imágenes de amor-pasión y de amor-fusión forman parte de una imaginación colectiva:

Este modelo no se aplica de igual forma a hombres y mujeres. A través de la socialización, las personas adquieren las creencias expuestas anteriormente relacionadas con el modelo tradicional de la familia y las siguientes creencias sobre la relación de pareja: “la mujer debe de agradar y servir a su pareja y es responsable de su bienestar”, “la mujer es la única responsable del éxito/fracaso de la relación de pareja”. Estos conceptos unidos a las representaciones románticas del amor, llevan a la mujer a tolerar todo por amor, a dar todo por amor, a luchar incondicionalmente por su relación y a esperar “eternamente” que él cambie. El hombre, utiliza el modelo romántico y el compromiso adquirido por la mujer, como medios de control, de dominio y de “permiso” para abusar de su pareja.
La transferencia de responsabilidades:

El discurso social que se mantiene en relación a la violencia conyugal invierte las responsabilidades. Las víctimas son consideradas culpables; los hombres violentos, inocentes.
1. La culpabilización de las mujeres:

Cuando una mujer es víctima de violencia, por lo general, incialmente se cuestiona: “¿qué hice mal para merecer esto?”. Este razonamiento responde a que las mujeres han interiorizado los valores atribuidos a la feminidad: ocuparse de los demás, hacer todo por los demás, ser responsables de la felicidad de los demás, darse, ser comprensivas y no ser agresivas. La sociedad les reafirma esta culpabilidad al responder de la siguiente manera: “ella se lo buscó”, “es su culpa”, “se lo merece”.

Basándose en las creencias sociales, las personas generalmente culpan a la mujer por ser víctima de violencia conyugal: si una mujer es sumisa, el abuso es justificado porque “ella lo permitió”; si una mujer es independiente y desafía a su esposo al no obedecerlo, merece un castigo porque se comporta como “una mala esposa”. Este tipo de razonamiento no deja ninguna opción a las mujeres. Cualquier cosa que hagan, se merecen o provocan lo que les pasa.

De igual forma, se le atribuye a la mujer la responsabilidad de abandonar a su pareja. Generalmente, las personas, al saber de algún caso en donde existe violencia conyugal, se preguntan “¿por qué no se va?” y asumen que si se queda es porque “es su cómplice” o “porque le gusta”. Las personas tienen una idea errónea de lo que viven las mujeres víctimas de violencia. Es necesario entender que las mujeres maltratadas no se quedan porque les gusta que les peguen o que las humillen, o porque el daño sea inocuo. No son personas enfermas ni masoquistas. La violencia actúa como un círculo vicioso del cual es difícil salir. Las mujeres maltratadas han desarrollado múltiples resistencias cotidianas que les permiten sobrevivir y construir espacios de libertad dentro de la prisión en la que viven. Toman un riesgo muy grande para denunciar y, muchas veces, a través de sus primeras iniciativas, esperan mantener la cohesión de la familia de la cual se sienten responsables. Es por medio de esta complejidad que se puede entender la actitud, a veces incierta y contradictoria, de las mujeres maltratadas.

2. La des-responsabilización de los hombres:

Se tiene la tendencia a considerar inocentes a los hombres que agreden a su pareja justificando sus actos violentos con sus dificultades propias de ellos. Contrariamente a lo que se escucha a menudo, el paso a la violencia no corresponde a una pérdida de control que provoca un acto violento. Según los testimonios de hombres violentos, sus actos son un medio para ejercer control y poder sobre la pareja y están ligados a una intención: el dar un mensaje. Por consiguiente, es necesario afirmar que el uso de la violencia es una elección personal y que los agresores son los únicos responsables de sus actos.

Quitarles la responsabilidad a los hombres violentos no favorece su toma de conciencia acerca de la violencia e incrementa el sentimiento de culpabilidad de las mujeres.

Las creencias y los estereotipos sociales que surgen de los factores citados anteriormente impiden que la mujer reciba la ayuda adecuada tanto de familiares y amigos, como de los servicios sociales, médicos y religiosos.

Las respuestas sociales negativas que reciben las mujeres maltratadas cuando buscan ayuda, les enseñan que no pueden escapar de su situación de abuso y que deben permanecer con su pareja.