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A través de la historia, las sociedades han buscado la forma de organizarse y de dividir el trabajo.
Nuestra sociedad está construida sobre un principio de distinción entre los hombres y las mujeres el cual, responde a los siguientes supuestos:
Así, a las diferencias físicas que existen en el nacimiento, se le agregaron diferencias en los roles que cada uno debe asumir. Estos papeles aceptados e inculcados socialmente para las mujeres y para los hombres determinan el comportamiento, la posición y las actividades de cada uno de ellos en la sociedad. El conjunto de características atribuidas a los hombres y a las mujeres constituye los modelos que cada individuo aprende en el curso de su vida, sin darse cuenta, a través de la familia, del sistema educativo y de los medios de comunicación. Por consiguiente, estas características parecen ser naturales, pero en realidad, son el fruto de una construcción social.
Al hombre se le educa para que sea fuerte, asertivo, valiente y agresivo; se le enseña a no mostrar sus sentimientos y a sentirse responsable de los demás en el sentido social y material; se le asigna el papel de participar en todo, opinar sobre todo y resolver los problemas, y se le fomenta una supremacía masculina relacionada con la propiedad que lo hace sentir que su esposa e hijas le pertenecen. A la mujer se le educa desde pequeña para que sea sumisa, dependiente, débil, pasiva, emotiva y poco racional; se le asigna el papel de ama de casa, madre, socializadora y mediadora; se le fomenta el rol de inferioridad y dependencia respecto del hombre, por lo que está acostumbrada al dominio. Así, la diferenciación de los géneros masculino y femenino y el consiguiente rol que cada uno debe asumir de acuerdo con esta organización social, colocan a la mujer en una posición vulnerable para ser víctima de violencia.
Estos roles estereotipados para la mujer y para el hombre se acentúan en el contexto de una relación íntima y estable entre ellos. La naturaleza privada de la familia junto a la creencia de que el hombre es el jefe de la casa y la mujer un objeto de su propiedad, permiten al hombre hacer uso de cualquier método, incluyendo la intimidación, la coerción y la violencia para mantener y ejercer su dominio y superioridad. La mujer en su papel inferior y subordinado debe tolerar la conducta del hombre aunque ésta atente contra su integridad física y psicológica.
La violencia conyugal puede entenderse como una consecuencia
de la relación desigual de poder entre hombres y mujeres presente en
nuestra sociedad en beneficio a los hombres. Es la caricatura de un modelo
tradicional de la pareja en donde el hombre domina y la mujer se somete. No
se trata de decir que todos los hombres son malos y dominantes por naturaleza
y que todas las mujeres son dulces y buenas. El hecho es que la sociedad organiza
las relaciones entre hombres y mujeres de una manera en la cual la violencia
puede surgir ya que coloca a las mujeres en una posición de inferioridad
con respecto al hombre, quien “puede” hacer uso de la violencia
como un medio para controlar y dirigir a “su” mujer.